El matrimonio entre ciencia y religión

Ciencia y religión 

El matrimonio entre ciencia y religión

Vivimos en una era técnica. Son muchos los que están convencidos de que la ciencia y la tecnología tienen las respuestas a todos nuestros problemas. Sólo hemos de dejar a los científicos y técnicos que sigan con su trabajo, y crearán el cielo aquí en la Tierra. Pero la ciencia no es una empresa que tenga lugar en algún plano moral o espiritual superior por encima del resto de la actividad humana. Como todas las otras partes de nuestra cultura, está modelada por intereses económicos, políticos y religiosos.

La ciencia es un asunto muy caro. Un biólogo que quiera entender el sistema inmune humano necesita laboratorios, tubos de ensayo, productos químicos y microscopios electrónicos, por no mencionar ayudantes de laboratorio, electricistas, fontaneros y limpiadores. Un economista que pretenda modelar mercados de crédito ha de comprar ordenadores, organizar enormes bancos de datos y desarrollar complicados programas de procesamiento de datos. Un arqueólogo que desee comprender el comportamiento de los antiguos cazadores-recolectores ha de viajar a tierras lejanas, excavar ruinas antiguas y datar huesos fosilizados y artefactos. Todo esto cuesta dinero.


Durante los últimos 500 años la ciencia moderna ha logrado maravillas gracias en gran parte a la buena disposición de gobiernos, empresas, fundaciones y donantes privados para dedicar miles de millones de dólares a la investigación científica. Estos miles de millones han hecho mucho más para explorar el universo, cartografiar el planeta y catalogar el reino animal que lo que hicieron Galileo Galilei, Cristóbal Colón y Charles Darwin. Si estos genios concretos no hubieran nacido, sus intuiciones probablemente se les habrían ocurrido a otros. Pero si no se dispusiera de la financiación adecuada, no habría excelencia intelectual que la hubiera compensado. Por ejemplo, si Darwin no hubiera nacido, hoy en día atribuiríamos la teoría de la evolución a Alfred Russel Wallace, que llegó a la idea de evolución por medio de la selección natural independientemente de Darwin y sólo unos años después. Pero si las potencias europeas no hubieran financiado la investigación geográfica, zoológica y botánica alrededor del mundo, ni Darwin ni Wallace hubieran tenido los datos empíricos necesarios para desarrollar la teoría de la evolución. Es probable que ni siquiera lo hubieran intentado.

¿Por qué empezaron a fluir los miles de millones desde las cajas fuertes de gobiernos y empresas hasta laboratorios y universidades? En los círculos académicos, son muchos los que son lo bastante ingenuos para creer en la ciencia pura. Creen que gobiernos y empresas les proporcionan dinero de forma altruista para que desarrollen cualesquiera proyectos de investigación que les gusten. Pero esto no describe realmente las realidades de la financiación de la ciencia.

La mayoría de estudios científicos se financian porque alguien cree que pueden ayudar a alcanzar algún objetivo político, económico o religioso. Por ejemplo, en el siglo XVI, reyes y banqueros dedicaron enormes recursos para financiar expediciones geográficas alrededor del mundo pero ni un penique para estudiar la psicología infantil. Ello se debe a que reyes y banqueros suponían que el descubrimiento de nuevo conocimiento geográfico les permitiría conquistar nuevas tierras y establecer imperios comerciales, mientras que no podían ver ningún beneficio en comprender la psicología infantil.

En la década de 1940, los gobiernos de los Estados Unidos de América y de la Unión Soviética dirigieron enormes recursos al estudio de la física nuclear y no a la arqueología subacuática. Supusieron que estudiar la física nuclear les permitiría desarrollar armas nucleares, mientras que era improbable que la arqueología subacuática les ayudara a ganar guerras. Los propios científicos no siempre son conscientes de los intereses políticos, económicos y religiosos que controlan el flujo de dinero; muchos científicos, de hecho, actúan por pura curiosidad intelectual. Sin embargo, sólo rara vez son los científicos los que dictan el programa científico.

Aún en el caso de que quisiéramos financiar ciencia pura, no afectada por intereses políticos, económicos o religiosos, probablemente sería imposible. Después de todo, nuestros recursos son limitados. Pídasele a un congresista que dedique un millón de dólares adicional a la Fundación Nacional para la Ciencia para investigación básica y preguntará, justificadamente, si no se emplearía mejor este dinero para financiar la formación del profesorado o para proporcionar una exención de impuestos a una fábrica en apuros en su distrito. Para distribuir recursos limitados hemos de dar respuesta a preguntas tales como “¿Qué es más importante?” y “¿Qué es bueno?” Y estas no son preguntas científicas. La ciencia puede explicar lo que existe en el mundo, cómo funcionan las cosas y lo que puede haber en el futuro. Por definición, no tiene pretensiones de saber qué es lo que debería haber en el futuro. Sólo las religiones y las ideologías intentan dar respuesta a estas preguntas.

Considere el lector el dilema siguiente. Dos biólogos del mismo departamento, que poseen las mismas aptitudes profesionales, han solicitado cada uno una ayuda de un millón de dólares para financiar sus proyectos de investigación en marcha. El profesor Cornezuelo quiere estudiar una enfermedad que infecta las ubres de las vacas, lo que produce una reducción del diez por ciento en su producción de leche. La profesora Retoño quiere estudiar si las vacas sufren mentalmente cuando se las separa de sus terneros. Suponiendo que la cantidad de dinero sea limitada, y que es imposible financiar ambos proyectos de investigación, ¿cuál de ellos debería financiarse?

Esta pregunta no tiene una respuesta científica. Sólo hay respuestas políticas, económicas y religiosas. En el mundo de hoy, es evidente que Cornezuelo tiene una mayor probabilidad de obtener el dinero. No porque las enfermedades de las ubres sean científicamente más interesantes que la mentalidad bovina, sino porque la industria lechera, que es seguro que se beneficiará de la investigación, tiene más influencia política y económica que el grupo de presión de los derechos de los animales.

Quizá en una sociedad estrictamente hindú, en la que las vacas son sagradas, o en una sociedad comprometida con los derechos de los animales, la profesora Retoño tuviera más probabilidades. Pero mientras viva en una sociedad que valora el potencial comercial de la leche y la salud de sus habitantes humanos por encima de los sentimientos de las vacas, será mejor que escriba su proyecto de investigación apelando a tales supuestos. Por ejemplo, la profesora Retoño podría escribir que “La depresión lleva a una reducción en la producción de leche. Si comprendiéramos el mundo mental de las vacas lecheras, podríamos desarrollar medicamentos psiquiátricos que mejoraran su talante, con lo que la producción de leche podría aumentar hasta el diez por ciento. Calculo que hay un mercado global de 250 millones de dólares anuales para los medicamentos psiquiátricos para bovinos”.


La ciencia es incapaz de establecer sus propias prioridades. También es incapaz de determinar qué hacer con sus descubrimientos. Por ejemplo, desde un punto de vista puramente científico no está claro qué debiéramos hacer con nuestra comprensión creciente de la genética. ¿Deberíamos emplear este conocimiento para curar el cáncer, para crear una raza de superhombres modificados genéticamente, o para modificar a vacas lecheras y dotarlas de ubres supergrandes? Es evidente que un gobierno liberal, un gobierno comunista, un gobierno nazi y una empresa multinacional capitalista utilizarían el mismo descubrimiento científico para fines completamente diferentes, y no hay razón científica para preferir un uso frente a los demás.

En resumen, la investigación científica sólo puede florecer en alianza con alguna religión o ideología. La ideología justifica los costes de la investigación. A cambio, la ideología influye sobre las prioridades científicas y determina qué hacer con los descubrimientos. De ahí que con el fin de entender cómo es que la humanidad ha llegado a Alamogordo y ha alcanzado la Luna (en lugar de cualquier otro número de destinos alternativos) no basta revisar los logros de los físicos, los biólogos y los sociólogos. Hemos de tener en cuenta las fuerzas ideológicas, políticas y económicas que modelaron la física, la biología y la sociología, y las impulsaron en unas determinadas direcciones al tiempo que ignoraban otras.

Extraer del capítulo 14 del libro DE ANIMALES A DIOSES: UNA BREVE HISTORIA DE LA HUMANIDAD