Esclavos de los horarios

Ciencia y religión 

Esclavos de los horarios

La Revolución Industrial abrió el camino a una larga cola de experimentos de ingeniería social y a una serie todavía más larga de cambios no premeditados en la vida cotidiana y en la mentalidad humana. Un ejemplo entre muchos es la sustitución de los ritmos de la agricultura tradicional por el horario uniforme y preciso de la industria.

La agricultura tradicional dependía de ciclos de tiempo natural y crecimiento orgánico. La mayoría de sociedades eran incapaces de efectuar mediciones precisas del tiempo, y tampoco estaban terriblemente interesadas en hacerlo. El mundo se ocupaba de sus quehaceres sin relojes ni horarios, sometido únicamente a los movimientos del Sol y a los ciclos de crecimiento de las plantas. No había una jornada laboral uniforme, y todas las rutinas cambiaban drásticamente de una estación a la siguiente. La gente sabía dónde estaba el Sol, y observaba ansiosa los posibles augurios de la estación de las lluvias y del tiempo de la cosecha, pero no sabían la hora y apenas se preocupaban por el año. Si un viajero en el tiempo que se hubiera perdido apareciera en una aldea medieval y preguntara a un transeúnte: “¿En qué año estamos?”, el aldeano quedaría tan sorprendido por la pregunta como por la ridícula vestimenta del extraño.

En contraste con los campesinos y zapateros medievales, a la industria moderna le preocupa muy poco el Sol o la estación. Santifica la precisión y la uniformidad. Por ejemplo, en un taller medieval cada zapatero producía un zapato completo, desde la suela a la hebilla. Si un zapatero aparecía tarde en el trabajo, ello no afectaba a los demás. Sin embargo, en la línea de montaje de una fábrica de zapatos moderna, cada obrero opera una máquina que produce sólo una pequeña parte de un zapato, que después pasa a la máquina siguiente. Si el trabajador que opera la máquina nº 5 se ha dormido, ello detiene todas las demás máquinas. Con el fin de evitar estas calamidades, todos deben adoptar un horario preciso. Cada obrero llega al trabajo exactamente a la misma hora. Todos hacen a la misma hora la pausa para comer, tengan o no tengan hambre. Todos vuelven a casa cuando una sirena anuncia que el turno ha terminado, no cuando han acabado su proyecto.

La Revolución Industrial transformó el horario y la línea de montaje en un patrón para casi todas las actividades humanas. Poco después que las fábricas impusieran sus horarios al comportamiento humano, también las escuelas adoptaron horarios precisos, y siguieron los hospitales, las oficinas del gobierno y las tiendas de comercio. Incluso en lugares desprovistos de líneas de montaje y de máquinas, el horario se convirtió en rey. Si el turno en la fábrica termina a las 5 de la tarde, es mejor que la taberna local abra sus puertas a las 5:02.

Una conexión crucial en el sistema de horarios que se iba extendiendo fue el transporte público. Si los obreros habían de iniciar su turno a los 8:00, el tren o autobús había de llegar a la puerta de la fábrica a las 7:55. Un retraso de unos pocos minutos reduciría la producción y quizá provocaría el despido de los desgraciados que llegaran tarde. En 1784 empezó a funcionar en Gran Bretaña un servicio de carruajes con un horario publicado. Dicho horario especificaba únicamente la hora de partida, no la de llegada. Por aquel entonces, cada ciudad y pueblo de la Gran Bretaña tenía su hora local, que podía diferir de la de Londres en hasta media hora. Cuando eran las 12:00 en Londres, eran quizá las 12:20 en Liverpool y las 11:50 en Canterbury. Puesto que no había teléfonos, ni radio o televisión, ni trenes rápidos, ¿quién podía saberlo, y a quién le importaba?

El primer servicio de trenes comerciales empezó a operar entre Liverpool y Manchester en 1830. Diez años después, se publicó el primer horario de trenes. Los trenes eran mucho más rápidos que los antiguos carruajes, de modo que las diferencias singulares en las horas locales se convirtieron en un fastidio grave. En 1847, las compañías británicas de ferrocarriles se pusieron de acuerdo en que a partir de entonces todos los horarios de trenes se calibrarían a la hora del Observatorio de Greenwich, en lugar de hacerlo a la hora local de Liverpool, Manchester o Glasgow. Cada vez más instituciones siguieron el camino de las compañías de ferrocarriles. Finalmente, en 1880, el gobierno británico dio el paso sin precedentes de legislar que todos los horarios de la Gran Bretaña debían seguir a Greenwich. Por primera vez en la historia, un país adoptó una hora nacional y obligó a su población a vivir según un reloj artificial y no según las salidas y puestas de sol locales.

Este modesto inicio generó una red global de horarios, sincronizados hasta las más pequeñas fracciones de segundo. Cuando los medios de emisión (primero la radio y después la televisión) hicieron su debut, entraron en un mundo de horarios y se convirtieron en sus principales evangelistas y difusores. Entre las primeras cosas que las emisoras de radio transmitían figuraban las señales horarias, pitidos que permitían a los poblados alejados y a los buques en alta mar poner en hora sus relojes. Posteriormente, las emisoras de radio adoptaron la costumbre de emitir las noticias cada hora. En la actualidad, lo primero que se oye en cualquier noticiario (más importante incluso que el estallido de una guerra) es la hora. Durante la segunda guerra mundial, las noticias de la BBC se emitían a la Europa ocupada por los nazis. Cada programa de noticias se iniciaba con una emisión en directo de las campanadas del Big Ben que daban la hora: el mágico sonido de la libertad. Ingeniosos físicos alemanes encontraron una manera de determinar las condiciones meteorológicas en Londres sobre la base de minúsculas diferencias en el tono de los talán talanes emitidos. Dicha información ofrecía una valiosa ayuda a la Luftwaffe. Cuando el servicio secreto lo descubrió, sustituyeron la emisión en directo por un registro del sonido del famoso reloj.


Con el fin de operar la red de horarios, se hicieron ubicuos los relojes portátiles baratos pero precisos. En las ciudades asirias, sasánidas o incas pudieron haber existido al menos algunos relojes de sol. En las ciudades medievales europeas había por lo general un único reloj: una máquina gigantesca montada sobre una torre elevada en la plaza del pueblo. Era notorio que estos relojes de las torres eran inexactos, pero puesto que no había en el pueblo otros relojes que los contradijeran, apenas suponía ninguna diferencia. Hoy en día, una única familia rica tiene generalmente más relojes en casa que todo un país medieval. Se puede saber la hora mirando el reloj de pulsera, consultando el Android, echando un vistazo al reloj despertador junto a la cama, observando el reloj de la pared de la cocina, mirando el microondas, dirigiendo una mirada al televisor o al reproductor de DVD, u observando con el rabillo del ojo la barra de tareas del ordenador. Hay que hacer un esfuerzo consciente para no saber qué hora es.


La persona típica consulta estos relojes varias docenas de veces al día, porque casi todo lo que hacemos tiene que hacerse a su hora. Un reloj despertador nos despierta a las 7 de la mañana, calentamos nuestro cruasán congelado durante exactamente 50 segundos en el microondas, nos cepillamos los dientes durante 3 minutos hasta que el cepillo eléctrico suena, subimos al tren de las 7:40 para ir al trabajo, corremos en la cinta caminadora del gimnasio hasta que el timbre anuncia que ya ha pasado media hora, nos sentamos frente al televisor a las 7 de la tarde para ver nuestro espectáculo favorito, que es interrumpido en momentos previstos de antemano por anuncios que cuestan 1.000 dólares por segundo, y finalmente descargamos toda nuestra ansiedad en un terapeuta que limita nuestra cháchara a la hora de terapia estándar, que ahora es de 50 minutos.

Extraer del capítulo 18 del libro DE ANIMALES A DIOSES: UNA BREVE HISTORIA DE LA HUMANIDAD