Religión sin Dios

Ciencia y religión 

Religión sin Dios

Todas las religiones que hemos discutido hasta ahora comparten una característica importante: todas ellas se centran en una creencia en dioses y en otras entidades sobrenaturales. Esto parece obvio a los occidentales, que están familiarizados principalmente con credos monoteístas y politeístas. De hecho, sin embargo, la historia religiosa del mundo no se reduce a la historia de los dioses. Durante el primer milenio a. de C., religiones de un tipo totalmente nuevo empezaron a extenderse por Afroasia. Los recién llegados, como el jainismo y el budismo en la India, el taoísmo y el confucianismo en China, y el estoicismo, el cinismo y el epicureísmo en la cuenca mediterránea, se caracterizaban porque hacían caso omiso de los dioses.

Estos credos sostenían que el orden sobrehumano que rige el mundo es el producto de leyes naturales y no de voluntades y caprichos divinos. Algunas de estas religiones de la ley natural continuaban aceptando la existencia de dioses, pero sus dioses estaban sujetos a las leyes de la naturaleza como lo estaban los humanos, los animales y las plantas. Los dioses tenían su nicho en el ecosistema, de la misma manera que los elefantes y los puercoespines tenían el suyo, pero no podían cambiar las leyes de la naturaleza, al igual que no pueden hacerlo los elefantes. Un ejemplo inmediato es el budismo, la más importante de las religiones antiguas de ley natural, que sigue siendo una de las creencias más extendidas.

La figura central del budismo no es un dios, sino un ser humano, Siddartha Gautama. Según la tradición budista, Gautama era el heredero de un pequeño reino del Himalaya hacia el 500 a. de C. El joven príncipe estaba profundamente afectado por el sufrimiento que veía a su alrededor. Veía que hombres, mujeres, niños y ancianos sufren todos no sólo por calamidades ocasionales, como la guerra o la peste, sino también por la ansiedad, la frustración y el descontento, todos los cuales parecen ser una parte inseparable de la condición humana. La gente busca riqueza y poder, adquiere conocimientos y posesiones, tiene hijos e hijas y construye casas y palacios. Pero no importa lo que consigan: nunca están contentos. Los que viven en la pobreza sueñan con riquezas. Los que tienen un millón desean dos millones. Los que tienen dos millones quieren diez. Incluso los ricos y famosos rara vez están satisfechos. También ellos se ven acosados por cuidados y preocupaciones incesantes, hasta que la enfermedad, la vejez y la muerte les causan un amargo final. Todo lo que uno ha acumulado se desvanece como el humo. La vida es una carrera de ratas sin sentido. Pero, ¿cómo escapar de ella?

A los 29 años de edad, Gautama huyó de su palacio en plena noche, dejando atrás familia y posesiones. Viajó como un vagabundo sin hogar por todo el norte de la India, buscando una manera de escapar del sufrimiento. Visitó ashrams y se sentó a los pies de gurús, pero nada lo liberó por completo: siempre quedaba alguna insatisfacción. No desesperó. Se decidió a investigar el sufrimiento por su cuenta hasta que encontrara un método para la completa liberación. Pasó seis años meditando sobre la esencia, las causas y las curas de la aflicción humana. Al final llegó a comprender que el sufrimiento no es causado por la mala fortuna, la injusticia social o los caprichos divinos. El sufrimiento es causado por las pautas de comportamiento de nuestra propia mente.

La intuición de Gautama fue que, con independencia de lo que la mente experimenta, por lo general reacciona con deseos, y los deseos siempre implican insatisfacción. Cuando la mente experimenta algo desagradable, anhela librarse de la irritación. Cuando la mente experimenta algo placentero, desea que el placer perdure y se intensifique. Por lo tanto, la mente siempre está insatisfecha e inquieta. Esto es muy claro cuando experimentamos cosas desagradables, como el dolor. Mientras el dolor continúa, estamos insatisfechos y hacemos todo lo que podemos para evitarlo. Pero cuando experimentamos cosas agradables no estamos nunca contentos. O bien tememos que el placer pueda desaparecer, o esperamos que se intensifique. La gente sueña durante años con encontrar el amor, pero raramente se siente satisfecha cuando lo encuentra. Algunos sienten la ansiedad de que su pareja los abandone; otros sienten que se han conformado con poco y que podrían haber encontrado a alguien mejor. Y todos conocemos a personas que consiguen tener ambos sentimientos.

Los grandes dioses pueden enviarnos lluvia, las instituciones sociales pueden proporcionar justicia y buena atención sanitaria, y las coincidencias afortunadas nos pueden convertir en millonarios, pero ninguna de estas cosas puede cambiar nuestras pautas mentales básicas. De ahí que incluso los mayores reyes se ven condenados a vivir con angustia, huyen constantemente de la pena y la aflicción, y persiguen siempre placeres mayores.

Gautama descubrió que había una manera de salir de este círculo vicioso. Si, cuando la mente experimenta algo placentero o desagradable, comprende simplemente que las cosas son como son, entonces no hay sufrimiento. Si uno experimenta tristeza sin desear que la tristeza desaparezca, continúa sintiendo tristeza, pero no sufre por ello. En realidad, puede haber riqueza en la tristeza. Si uno experimenta alegría sin desear que la alegría perdure y se intensifique, continúa sintiendo alegría sin perder su paz de espíritu.

Pero, ¿cómo se consigue que la mente acepte las cosas como son, sin sentir más deseos vehementes? ¿Aceptar la tristeza como tristeza, la alegría como alegría, el dolor como dolor? Gautama desarrolló un conjunto de técnicas de meditación que adiestran a la mente a experimentar la realidad tal como es, sin ansiar otra cosa. Dichas prácticas adiestran a la mente a centrar toda su atención en la pregunta “¿Qué es lo que estoy experimentando ahora?”, en lugar de “¿Qué desearía estar experimentando?” Es difícil alcanzar este estado mental, pero no es imposible.
Gautama basó estas técnicas de meditación en un conjunto de normas éticas destinadas a facilitar que la gente se centrara en la experiencia real y evitara caer en anhelos y fantasías. Instruyó a sus seguidores a evitar el asesinato, el sexo promiscuo y el robo, puesto que tales actos atizan necesariamente el fuego del deseo (de poder, de placer sensual, o de riqueza). Cuando las llamas se extinguen por completo, el deseo es sustituido por un estado de satisfacción perfecta y de serenidad, conocido como nirvana (cuyo significado literal es “extinguir el fuego”). Los que alcanzan el nirvana se liberan completamente de todo sufrimiento. Experimentan la realidad con la máxima claridad, libres de fantasías y delirios. Aunque lo más probable es que sigan encontrando cosas desagradables y dolor, dichas experiencias no les causarán infelicidad. Una persona que no desea no sufre.

Según la tradición budista, el propio Gautama alcanzó el nirvana y se liberó totalmente del sufrimiento. A partir de entonces se le conoció como “Buda”, que significa “El Iluminado”. Buda pasó el resto de su vida explicando sus descubrimientos a otros, para que todos pudieran liberarse del sufrimiento. Resumió sus enseñanzas en una única ley: El sufrimiento surge del deseo; la única manera de liberarse completamente del sufrimiento es liberarse completamente del deseo; y la única manera de liberarse del deseo es adiestrar a la mente a experimentar la realidad tal como es.

Esta ley, conocida como dharma o dhamma, es considerada por los budistas como una ley universal de la naturaleza. Que “el sufrimiento surge del deseo” es verdad siempre y en todas partes, al igual que en la física moderna E siempre es igual a mc2. Los budistas son gente que cree en esta ley y la convierten en el punto de apoyo de todas sus actividades. La creencia en dioses, por otra parte, es algo de menor importancia para ellos. El primer principio de las religiones monoteístas es: “Dios existe. ¿Qué quiere de mí?” El primer principio del budismo es: “El sufrimiento existe. ¿Cómo me puedo librar de él?”


El budismo no niega la existencia de dioses (se los describe como seres poderosos que pueden producir lluvias y victorias), pero no tienen influencia en la ley de que el sufrimiento surge del deseo. Si la mente de una persona es libre de todo deseo, no hay dios que pueda hacerla desdichada. Y al revés, una vez el deseo surge en la mente de una persona, todos los dioses del universo no pueden salvarla de sufrir.

Extraer del capítulo 12 del libro DE ANIMALES A DIOSES: UNA BREVE HISTORIA DE LA HUMANIDAD