¿Cómo funciona el dinero?

Dinero y política

¿Cómo funciona el dinero?

Los cauríes y los dólares sólo tienen valor en nuestra imaginación común. Su valor no es intrínseco de la estructura química de las conchas y el papel, ni de su color, ni de su forma. En otras palabras, el dinero no es una realidad material; es un constructo psicológico. Funciona al convertir materia en mente. Pero, ¿por qué tiene éxito? ¿Por qué desearía nadie cambiar un fértil arrozal por un puñado de inútiles conchas de caurí? ¿Por qué querríamos preparar hamburguesas a la plancha, vender seguros de enfermedad o hacer de canguro de tres mocosos detestables si todo lo que obtendremos por nuestro esfuerzo son unos pocos pedazos de papel coloreado?

La gente está dispuesta a hacer estas cosas cuando confía en las invenciones de su imaginación colectiva. La confianza es la materia bruta a partir de la que se acuñan todos los tipos de dinero. Cuando un granjero rico vendió sus posesiones por un saco de cauríes y viajó con ellos a otra provincia, confiaba en que al llegar a su destino otras personas estarían dispuestas a venderle arroz, casas y campos a cambio de las conchas. En consecuencia, el dinero es un sistema de confianza mutua, y no cualquier sistema de confianza mutua: El dinero es el más universal y más eficiente sistema de confianza mutua que jamás se haya inventado. Personas que no creen en el mismo dios ni obedecen al mismo rey están más que dispuestas a utilizar la misma moneda. A Osama bin Laden, con todo su odio a la cultura americana, la religión americana y la política americana, le encantaban los dólares americanos.

Lo que creó dicha confianza fue una red muy compleja y a muy largo plazo de relaciones políticas, sociales y económicas. ¿Por qué creo en la concha de caurí, o la moneda de oro, o el billete de dólares? Porque mis vecinos creen en ellos. Y mis vecinos creen en ellos porque yo creo en ellos. Y todos creemos en ellos porque nuestro rey cree en ellos y los exige en los tributos, y porque nuestro sacerdote cree en ellos y los reclama en los diezmos. Tomemos un billete de un dólar y observémoslo detenidamente. Veremos que es simplemente un pedazo de papel de color con la firma del secretario del tesoro de los Estados Unidos a un lado, y la leyenda “Confiamos en Dios” en el otro. Aceptamos el dólar como pago, porque confiamos en Dios y en el secretario del tesoro de los Estados Unidos. El papel crucial de la confianza explica por qué nuestros sistemas financieros están tan fuertemente entrelazados con nuestros sistemas políticos, sociales e ideológicos, por qué las crisis financieras suelen estar desencadenadas por acontecimientos políticos, y por qué el mercado de valores puede subir o bajar en función del humor que tengan los empresarios en una mañana concreta.


Inicialmente, cuando se crearon las primeras versiones de dinero, la gente no tenía este tipo de confianza, de modo que fue necesario definir como “dinero” cosas que tenían un valor intrínseco real. El primer dinero conocido de la historia, el dinero de cebada sumerio, es un buen ejemplo. Apareció en Sumer hacia el 3.000 a. de C., en la misma época y el mismo lugar, y en las mismas circunstancias, en las que apareció la escritura. De la misma manera que la escritura se desarrolló para dar respuesta a las necesidades de intensificar las actividades administrativas, el dinero de cebada apareció para dar respuesta a las necesidades de actividades económicas que se hacían más intensas.

El dinero de cebada era simplemente cebada: cantidades fijas de granos de cebada utilizadas como una medida universal para evaluar e intercambiar todos los demás bienes y servicios. La medida más común era la sila, equivalente aproximadamente a un litro. Cuencos normalizados, cada uno de ellos capaces de contener una sila, se produjeron en masa para que, siempre que la gente tuviera necesidad de comprar o vender algo, fuera fácil medir las cantidades de cebada necesarias. También los salarios se establecían y se pagaban en silas de cebada. Un obrero ganaba 60 silas al mes, una obrera, 30 silas. Un capataz podía ganar entre 1.200 y 5.000 silas. Ni el más hambriento de los capataces podía comer 5.000 litros de cebada en un mes, pero podía utilizar las silas que no comía para comprar todo tipo de otros artículos: aceite, cabras, esclavos y alguna otra cosa para comer que no fuera cebada.

Aunque la cebada tiene un valor intrínseco, no fue fácil convencer a la gente para que la utilizara como dinero en lugar de como cualquier otra mercancía. Para comprender por qué, piense el lector qué ocurriría si llevara un saco lleno de cebada a su centro comercial local, e intentara comprar una camisa o una pizza. Probablemente los vendedores llamarían a seguridad. Aún así, era algo más fácil llegar a confiar en la cebada como el primer tipo de dinero, porque la cebada tiene un valor biológico intrínseco. Los humanos pueden comerla. Por otra parte, la cebada era difícil de almacenar y transportar. El gran avance en la historia del dinero se produjo cuando la gente llegó a confiar en dinero que carecía de valor intrínseco, pero que era más fácil de almacenar y transportar. Tal dinero apareció en la antigua Mesopotamia a mediados del tercer milenio a. de C. Era el siclo de plata.

El siclo de plata no era una moneda, sino 8,33 gramos de plata. Cuando el código de Hammurabi declaraba que un hombre superior que matara a una mujer esclava tenía que pagar a su dueño 20 siclos de plata, ello significaba que debía pagar 166 gramos de plata, no 20 monedas. La mayor parte de términos dinerarios en el Antiguo Testamento se dan en términos de plata y no de monedas. Los hermanos de José lo vendieron a los ismaelitas por veinte siclos de plata, o 166 gramos de plata (el mismo precio que una esclava; después de todo, era un joven).

A diferencia de la sila de cebada, el siclo de plata no tenía un valor intrínseco. La plata no se puede comer, beber ni hacer vestidos con ella, y es demasiado blanda para producir herramientas útiles: los arados o las espadas de plata se deformarían casi tan rápidamente como las hechas de papel de aluminio. Cuando son usados para algo, la plata y el oro son transformados en joyas, coronas y otros símbolos de jerarquía: bienes de lujo que los miembros de una determinada cultura identifican con un nivel social elevado. Su valor es puramente cultural.


De hecho, incluso hoy en día las monedas y billetes son una forma rara de dinero. En 2006, la suma total de dinero en el mundo era de unos 60 billones de dólares, pero la suma total de monedas y billetes no llegaba a los 6 billones de dólares. Más del 90 por ciento de todo el dinero (más de 50 billones de dólares que aparecen en nuestras cuentas) existe sólo en los servidores informáticos. De acuerdo con ello, la mayoría de transacciones comerciales se ejecutan moviendo datos electrónicos de un archivo informático a otro, sin ningún intercambio de dinero en efectivo, físico. Sólo un criminal compra una casa, por ejemplo, a cambio de un maletín lleno de billetes de banco. Mientras la gente esté dispuesta a canjear bienes y servicios a cambio de datos electrónicos, ello es incluso mejor que las monedas relucientes y los billetes nuevos y crujientes: son más ligeros y menos voluminosos y es más fácil seguirles la pista.

Durante miles de años, filósofos, pensadores y profetas han ensuciado el dinero y lo han calificado de la raíz de todos los males. Sea como fuere, el dinero es asimismo el apogeo de la tolerancia humana. El dinero es más liberal que el lenguaje, las leyes estatales, los códigos culturales, las creencias religiosas y los hábitos sociales. El dinero es el único sistema de confianza creado por los humanos que puede salvar casi cualquier brecha cultural, y que no discrimina sobre la base de la religión, el género, la raza, la edad o la orientación sexual. Gracias al dinero, incluso personas que no se conocen y no confían unas en otras pueden no obstante cooperar de manera efectiva.

Extraer del capítulo 12 del libro DE ANIMALES A DIOSES: UNA BREVE HISTORIA DE LA HUMANIDAD