Fecha de caducidad: los humanos han pasado su fecha de caducidad

Futuro

Fecha de caducidad: los humanos han pasado su fecha de caducidad

En la actualidad, sólo se ha realizado una pequeña fracción de estas nuevas oportunidades. Pero el mundo de 2014 ya es un mundo en el que la cultura se libera de los grilletes de la biología. Nuestra capacidad de manipular no sólo el mundo que nos rodea, sino sobre todo el mundo que hay en el interior de nuestro cuerpo y nuestra mente, se desarrolla a una velocidad vertiginosa. Cada vez hay más esferas de actividad que son expulsadas de sus maneras de actuar satisfechas de sí mismas. Los abogados necesitan repensar cuestiones de privacidad e identidad; los gobiernos se ven obligados a repensar cuestiones de atención sanitaria y de igualdad; las asociaciones deportivas y las instituciones educativas necesitan redefinir el juego limpio y los logros; los fondos de pensiones y los mercados laborales deberán reajustarse ante un mundo en el que los sesenta años podrían ser los nuevos treinta. Todos deberán tratar de los asuntos complejos de la bioingeniería, los ciborgs y la vida inorgánica.

Para mapear el primer genoma humano hicieron falta quince años y 3.000 millones de dólares. Hoy en día se puede mapear el DNA de una persona en pocas semanas y a un coste de unos cuantos cientos de dólares. La era de la medicina personalizada (medicina que adapta el tratamiento al DNA) ya ha comenzado. El médico de familia pronto podrá decirnos con la mayor certeza que nos enfrentamos a un riesgo elevado de cáncer de hígado, mientras que no tenemos que preocuparnos demasiado por los ataques al corazón. Podrá determinar que un medicamento popular que ayuda al 92 por ciento de la población es inútil para nosotros, que en cambio deberíamos tomar otra píldora, fatal para muchas personas, pero que es exactamente la que necesitamos. Ante nosotros se abre el camino hacia la medicina casi perfecta.


Sin embargo, con las mejoras en el saber médico se plantearán nuevas cuestiones éticas intrincadas. Los expertos en ética y en asuntos legales ya están bregando con el espinoso asunto de la privacidad en relación con el DNA. ¿Acaso las compañías aseguradoras tendrá derecho a pedirnos nuestros perfiles de DNA y a aumentar las primas si descubren una tendencia genética a un comportamiento temerario? ¿Se nos pedirá que enviemos por fax nuestro DNA, en lugar de nuestro CV, a nuestros patronos en potencia? ¿Podrá un patrono favorecer a un candidato porque su DNA tiene mejor aspecto? ¿O podremos pleitear en estos casos por “discriminación genética”? ¿Podrá una compañía que desarrolla un nuevo organismo o un nuevo órgano registrar una patente sobre sus secuencias de DNA? Es evidente que podemos ser propietarios de una gallina concreta, pero ¿puede alguien ser propietario de toda una especie?

Estos dilemas quedan tamañitos ante las implicaciones éticas, sociales y políticas del Proyecto Gilgamesh y de nuestras nuevas capacidades potenciales para crear superhumanos. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, los programas médicos gubernamentales en todo el mundo, los programas nacionales de seguros sanitarios y las constituciones nacionales en todo el planeta reconocen que una sociedad humanitaria debiera conceder a todos sus miembros un tratamiento médico justo y mantenerlos en una salud relativamente buena. Esto estaba muy bien mientras la medicina se preocupaba principalmente de evitar las enfermedades y de curar a los enfermos. ¿Qué puede ocurrir cuando la medicina se preocupe de aumentar las capacidades humanas? ¿Acaso todos los humanos tendrán derecho a estas capacidades mejoradas o habrá una nueva elite sobrehumana?

Nuestro mundo moderno reciente se enorgullece de reconocer, por primera vez en la historia, la igualdad básica de todos los humanos, pero puede estar a punto de crear la más desigual de todas las sociedades. A lo largo de la historia, las clases superiores siempre afirmaron ser más inteligentes, más fuertes y generalmente mejores que la clase inferior. Por lo general, se equivocaban. Un niño nacido en el seno de una familia de campesinos pobres tenía las mismas probabilidades de ser tan inteligente como el príncipe heredero. Con la ayuda de las nuevas capacidades médicas, las pretensiones de las clases superiores podrán pronto convertirse en una realidad objetiva.

Esto no es ciencia ficción. La mayoría de argumentos de ciencia ficción describen un mundo en el que sapiens idénticos a nosotros gozan de una tecnología superior, como naves espaciales que se desplazan a la velocidad de la luz y cañones láser. Los dilemas éticos y políticos centrales de estos argumentos se toman de nuestro propio mundo, y simplemente recrean nuestras tensiones emocionales y sociales contra un fondo futurista. Pero el potencial real de las tecnologías futuras es cambiar al propio Homo sapiens, incluidas nuestras emociones y deseos y no simplemente nuestros vehículos y armas. ¿Qué es una nave espacial comparada con un ciborg eternamente joven que no se reproduce y no tiene sexualidad, que puede intercambiar pensamientos directamente con otros seres, cuyas capacidades para centrarse y recordar son mil veces superiores a las nuestras y que nunca está enfadado o triste, pero que posee emociones y deseos que no podemos empezar a imaginar?

La ciencia ficción rara vez describe un futuro de este tipo, porque una descripción precisa es, por definición, incomprensible. Producir un filme acerca de la vida de algún superciborg equivale a producir Hamlet para una audiencia de neandertales. De hecho, los futuros amos del mundo serán probablemente más diferentes de nosotros de lo que nosotros somos de los neandertales. Mientras que nosotros y los neandertales somos al menos humanos, nuestros herederos serán como dioses.

Los físicos definen el Gran Estallido como una singularidad. Es un punto en el que todas las leyes conocidas de la física no existían. Tampoco existía el tiempo. Por lo tanto, no tiene sentido decir que “antes” del Gran Estallido existiera algo. Quizá nos estemos acercando rápidamente a una nueva singularidad, en la que todos los conceptos que dan sentido a nuestro mundo (yo, tu, hombres, mujeres, amor y odio) serán irrelevantes. Cualquier cosa que ocurra más allá de este punto no tiene sentido para nosotros.

Extraer del capítulo 20 del libro DE ANIMALES A DIOSES: UNA BREVE HISTORIA DE LA HUMANIDAD