La guerra frente a la muerte

Futuro

La guerra frente a la muerte

De todos los problemas ostensiblemente insolubles de la humanidad, hay uno que sigue siendo el más fastidioso, interesante e importante: el problema de la muerte. Antes de la era moderna tardía, la mayoría de religiones e ideologías daban por sentado que la muerte era nuestro destino inevitable. Además, la mayoría de confesiones convirtieron la muerte en la principal fuente de sentido en la vida. Intente el lector imaginar el islamismo, el cristianismo o la religión del antiguo Egipto en un mundo sin la muerte. Estas religiones enseñaban a la gente que tenían que aceptar la muerte y depositar sus esperanzas en la vida después de la muerte, en lugar de intentar superar la muerte e intentar vivir para siempre aquí en la Tierra. Las mejores mentes estaban atareadas en dar sentido a la muerte, no en intentar escapar de ella.

Tal es el tema del mito más antiguo que ha llegado hasta nosotros; el mito de Gilgamesh del antiguo Sumer. Su héroe es el hombre más fuerte y hábil del mundo, el rey Gilgamesh de Uruk, que podía vencer a cualquiera en combate. Un día, el mejor amigo de Gilgamesh, Enkidu, murió. Gilgamesh se sentó junto al cadáver y lo observó durante muchos días, hasta que vio que un gusano salía de la nariz de su amigo. En aquel momento, a Gilgamesh le invadió un terrible horror, y decidió que él nunca moriría. De alguna manera, encontraría el modo de vencer a la muerte. Gilgamesh emprendió entonces un viaje hasta los confines del universo, matando leones, luchando contra hombres escorpión y encontrando el camino hacia el infierno. Allí hizo añicos a los gigantes de piedra de Urshanabi y al barquero del río de los muertos, y encontró a Utnapishtim, el último superviviente del diluvio primordial. Pero Gilgamesh fracasó en su búsqueda. Volvió a su hogar con las manos vacías, tan mortal como siempre, pero con una nueva muestra de sabiduría. Cuando los dioses crearon al hombre, había descubierto Gilgamesh, dispusieron que la muerte fuera el destino inevitable del hombre, y el hombre ha de aprender a vivir con ello.

Los discípulos del progreso no comparten esta actitud derrotista. Para Los hombres de ciencia, la muerte no es un destino inevitable, sino simplemente un problema técnico. La gente se muere no porque los dioses así lo decretaran, sino debido a varios fallos técnicos: un ataque al corazón, un cáncer, una infección. Y cada problema técnico tiene una solución técnica. Si el corazón aletea, puede ser estimulado por un marcapasos o sustituido por un nuevo corazón. Si el cáncer es rabioso, se le puede matar con medicamentos o radiación. Si las bacterias proliferan, se las puede someter con antibióticos. Es verdad que, a día de hoy, no podemos resolver todos los problemas técnicos. Pero estamos trabajando en ellos. Nuestras mejores mentes no pierden tiempo intentando dar sentido a la muerte. Por el contrario, están atareadas investigando los sistemas fisiológicos, hormonales y genéticos responsables de la enfermedad y la edad avanzada. Desarrollan nuevas medicinas, tratamientos revolucionarios y órganos artificiales que alargarán nuestra vida y que un día podrán vencer a la misma Parca.

Hasta hace poco, no habríamos oído a los científicos, o a nadie, hablar de manera tan contundente. “¡¿Derrotar a la muerte?! ¡Qué tontería! Sólo intentamos curar el cáncer, la tuberculosis y la enfermedad de Alzheimer”, insistían. La gente evitaba el tema de la muerte porque el objetivo parecía demasiado escurridizo. ¿Por qué crear ilusiones irrazonables? Sin embargo, ahora nos hallamos en un punto en el que podemos ser francos al respecto. El proyecto principal de la Revolución Científica es dar a la humanidad la vida eterna. Incluso si matar a la muerte parece un objetivo distante, ya hemos conseguido cosas que eran inconcebibles hace unos pocos siglos. En 1199, el rey Ricardo Corazón de León fue alcanzado por una flecha en su hombro izquierdo. Hoy diríamos que sufrió una herida leve. Pero en 1199, en ausencia de antibióticos y de métodos de esterilización efectivos, esta herida leve en la carne se infectó y se gangrenó. La única manera de detener la extensión de la gangrena en la Europa del siglo XII era cortar el miembro infectado, algo imposible cuando la infección era en un hombro. La gangrena se extendió por todo el cuerpo de Ricardo y nadie pudo ayudar al rey. Murió en una agonía terrible a las dos semanas.


Hasta el siglo XIX, los mejores médicos no sabían cómo evitar la infección y detener la putrefacción de los tejidos. En los hospitales de campaña los doctores cortaban de manera rutinaria las manos y piernas de los soldados que recibían incluso heridas leves en las extremidades, pues temían la gangrena. Dichas amputaciones, así como todos los demás procedimientos médicos (como la extracción de muelas) se hacían sin ninguna anestesia. El uso regular de los primeros anestésicos (éter, cloroformo y morfina) no se introdujo en la medicina occidental hasta mediados del siglo XIX. Antes de la llegada del cloroformo, cuatro soldados habían de sujetar a su camarada herido mientras el doctor serraba el miembro herido. A la mañana siguiente de la batalla de Waterloo (1815), junto a los hospitales de campaña podían verse montones de manos y piernas serrados. En aquellos tiempos, a los carpinteros y carniceros que se alistaban en el ejército se les solía destinar a servir en el cuerpo médico, porque la cirugía requería poca cosa más que saberse manejar con cuchillos y sierras.

En los dos siglos transcurridos desde Waterloo, las cosas han cambiado hasta hacerse irreconocibles. Píldoras, inyecciones y operaciones delicadas nos salvan de una serie de enfermedades y heridas que antaño suponían una sentencia de muerte ineludible. También nos protegen de incontables dolores e indisposiciones que las gentes premodernas aceptaban simplemente como parte de la vida. La esperanza media de vida saltó desde los 25-40 años a alrededor de 67 en todo el mundo, y a unos 80 años en el mundo desarrollado.

¿Cuánto tiempo hará falta para desarrollar el proyecto Gilgamesh? ¿Cien años? ¿Quinientos años? ¿Mil años? Cuando recordamos lo poco que sabíamos acerca del cuerpo humano en 1900 y cuánto conocimiento hemos adquirido en un solo siglo, hay motivos para ser optimistas. La ingeniería genética ha conseguido prolongar dos veces la esperanza media de vida de Caenorhabditis elegans, un gusano. ¿Podría hacer lo mismo para Homo sapiens? Expertos en nanotecnología desarrollan un sistema inmune biónico compuesto de millones de nanorobots, que habitarían en nuestro cuerpo, abrirían vasos sanguíneos bloqueados, combatirían a virus y bacterias, eliminarían células cancerosas e incluso invertirían los procesos de envejecimiento. Algunos científicos serios sugieren que hacia 2050, algunos humanos se convertirán en amortales (no inmortales, porque todavía podrían morir de algún accidente, sino amortales, que significa que en ausencia de un trauma fatal su vida podría extenderse indefinidamente).

Tenga éxito o no el Proyecto Gilgamesh, desde una perspectiva histórica es fascinante ver que la mayoría de religiones e ideologías modernas ya han eliminado de la ecuación a la muerte y la vida después de la muerte. Hasta el siglo XVIII, las religiones consideraban que la muerte y sus consecuencias eran centrales para el significado de la vida. A partir del siglo XVIII, religiones e ideologías tales como el liberalismo, el socialismo y el feminismo perdieron todo interés por la vida después de la muerte. ¿Qué es, exactamente, lo que le ocurre a un o a una comunista después de morir? ¿Qué le ocurre a un capitalista? ¿Qué le ocurre a una feminista? No tiene sentido buscar una respuesta en los escritos de Marx, Adam Smith o Simone de Beauvoir. La única ideología moderna que todavía concede a la muerte un papel central es el nacionalismo. En sus momentos más poéticos y desesperados, el nacionalismo promete que quien muera por la nación vivirá para siempre en su memoria colectiva. Pero esta promesa es tan confusa que incluso la mayoría de nacionalistas no saben realmente qué hacer con ella.

 

Extraer del capítulo 14 del libro DE ANIMALES A DIOSES: UNA BREVE HISTORIA DE LA HUMANIDAD